Roberto Canessa: Integré una selección sudamericana con el viñamarino Alistair Mc Gregor, del Mackay

Integré una selección sudamericana con el viñamarino Alistair Mc Gregor, del Mackay

¡Vive! Roberto Canessa, el hombre que le ganó a la muerte, vive. El rugbista uruguayo de los trys, tacles y drops está vivo y con nosotros, con la CASA DEL DEPORTE de Viña del Mar. El hombre de carne y huesos que nos convocó a un juego de rugby entre su equipo, Old Christians y Old Boys de Chile, diciéndonos “vayan a reírse”, vive. El destacado ex alumno del Stella Maris de Carrasco, colegio de la congregación de sacerdotes irlandeses Christians Brothers, se refería con ironía y humor a eso de “reírse” en alusión al precario nivel atlético y físico que hoy presentan debido a sus edades que oscilan entre los 55 y 60 años. Sin embargo, la jornada no fue precisamente para la hilaridad -más abajo sabrá por qué-.

Los deportistas uruguayos siempre han vivido de hazañas, siempre han impresionado al mundo con triunfos postreros, inesperados, agónicos (especialmente en el fútbol). Además de las dos medallas de oro olímpicas ganadas en París 1924 y Amsterdam 1928, se adjudicaron la primera Copa Libertadores de la historia, en 1960; el primer Sudamericano de Naciones (hoy Copa América) en 1916, en Buenos Aires; copas intercontinentales, el primer Mundial de fútbol, celebrado en su tierra en 1930… Muchos trofeos conquistados “a la uruguaya”, casi siempre envueltos en una polera aurinegra, tricolor o celeste, la gloriosa. Un país con una población no superior a los tres millones y medio de habitantes, pequeño, pero que ha sido grande. Innegable e irrefutable. ¿Ha oído usted hablar de un tal “Maracanazo”, perenne, inscrito un domingo 16 de julio de 1950, con 173.830 fanáticos en las tribunas del coloso Maracaná de Río de Janeiro, cuando el empate le bastaba al local para ser campeón del mundo y apareció Alcides Ghiggia para batir a un pobre Moacir Barbosa y así invertir un 0-1 ya en el segundo tiempo? Una leyenda, la obra mayor del deporte del país del Doctor Canessa, comandada por el capitán Obdulio “Ever” Varela, “El Negro Jefe”, líder natural como Canessa. Sin ir lejos, en nuestro Estadio Nacional Julio Martínez, ¿Recuerda -o sabe- que en 1966, 1982 y en 1987 un grupo uruguayo, Peñarol en estos casos, asombró una vez más al derrotar en finales de la Libertadores a River Plate, 4 a 2 en el alargue después de ir cayendo 0-2; a nuestro Cobreloa, con un gol a los 89’, y al América de Cali a los ¡120’!, en el último respiro del tiempo adicional? Esto y más pertenecen a la bitácora uruguaya, al misterio y bravuras de un pueblo que ha sacudido a rivales con, muchas veces, más fibra, clase y raza que con talento. Con garra charrúa. Queremos graficar estos éxitos deportivos para homenajear un triunfo inquebrantable, alcanzado fuera de una cancha de competiciones y que tuvo en un deportista y estudiante de medicina de 19 años, a su primer actor.
El viernes 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea uruguaya, un Fairchild Hiller 227 (número 571 según Gustavo Zerbino. Poco después sabrá quién es él), se estrelló con la Cordillera de Los Andes con cuarenta pasajeros y cinco tripulantes, entre ellos jugadores, dirigentes y familiares del Old Christians, un equipo de rugby integrado por ex alumnos del Stella Maris que venía a jugar contra Old Boys de Santiago. La aeronave siniestrada en una montaña chilena procedía de Montevideo, hizo una escala en Mendoza y se dirigía a Santiago de Chile… Se dirigía. Esta cayó y permaneció 72 días abandonada y desolada en la cordillera, hasta el viernes 22 de diciembre. De las 45 personas, sólo vivieron 16, una de ellas Roberto Canessa, personaje central de esta entrevista y relato dedicado a un suceso de eterna vigencia, remarcado hoy por el aciago e infeliz caso de los mineros nacionales.

La CASA DEL DEPORTE de Viña del Mar viajó recientemente a Peñalolén, sector alto de Santiago, al Old Grangonian Club, donde se ubica la cancha de Old Boys, equipo que desde 1973 juega todos los años con su par uruguayo. El día del encuentro de la “Amistad” estaba hermoso y radiante -caluroso sí-, ideal para presenciar un juego fraternal lejos del smog que opaca cualquier escenografía. Mientras calentaban y se disponían para el partido, Zerbino, indicándonos su espalda, nos dice: “Mirá el número que llevo acá en la camiseta”. Era el 33, el de los mineros chilenos que también volvieron del fondo. Antes del inicio se realizó el tradicional minuto de silencio en la memoria de los 29 malogrados uruguayos que perecieron hace 38 años. Comenzó a rodar la ovalada y el partido de dos tiempos de cuarenta minutos cada uno y, antes de los cinco, salió lesionado de una pierna y una mano el “Nene” Roberto Canessa, El Doctor, “Músculo” como lo apodan sus amigos y compañeros. No se cumplían quince minutos de juego y advertimos preocupación y gritos desesperados que llamaban a Canessa, médico cardiólogo: “¡Roberto, Roberto…!” En un pie corrió el celebérrimo doctor a asistir a un camarada suyo tendido en la cancha, desfallecido producto de un infarto. Daniel “Petiso” Mutio (54) yacía inconsciente, casi fenecido. Drama y conmoción en el Old Boys. Pasaron veinte, treinta minutos y Mutio no reaccionaba. Surgieron desazón y lágrimas. Reconozco que se me cayó una, dos, y que no pudimos con nuestro fotógrafo ahogar un sollozo. Las arengas de los compañeros, familiares y amigos de Mutio se hicieron sentir y se oyó con desconsuelo: “¡Vamos, Peti, vamos!” Especialistas de dos ambulancias que llegaron, junto con Canessa, no lograron calmar la ansiedad, tampoco peritos que arribaron en un helicóptero de la Clínica Las Condes. Debo confesarlo: eché de menos a Julio Martínez Pradanos, al Maestro; me acordé de él, le dije a nuestro gráfico que “me gustaría que esto lo viera don Julio, este incidente está para su inigualable pluma y comentario”. Entre oraciones, llantos y con un insistente “¡vamos, Peti, carajo!” alzó el vuelo el helicóptero con Mutio sin saber qué pasaba. Lo acompañaron a la clínica, Canessa y Zerbino, dos de los supervivientes de 1972. El Doctor, a pesar del momento que se vivía, nos dijo: “Andá al hotel más tarde, ahí vemos si hablamos”. No era para la risa la tarde de Peñalolén. Y ya en el Hotel Sheraton de Santiago, a las 21 horas, vimos a un Canessa más tranquilo, amparado en una quietud que le han dado los años y una experiencia fatídica vivida con sólo 19 años: si él -y 15 deportistas- le ganó a la muerte sin la ayuda de nadie, sólo con la de un arriero el último día de lucha y hombría. Si él lideró a un grupo de jóvenes devastados, él subsistió y volvió a la vida como los 33 mineros chilenos que hace poco sufrieron la embestida de la mina San José, en la que estuvieron los ex deportistas profesionales Franklin Lobos y Manuel González, futbolistas con especialidad en faltas libres: Lobos -compañero de Iván Zamorano en Cobresal- anotó muchos goles por esa vía y González, por Deportes Arica, uno muy recordado a Roberto “Cóndor” Rojas. Ejecutantes como los uruguayos Enzo Francescoli o Juan Alberto “Pepe” Schiaffino, “Pie de Raso”, autor del empate parcial frente a Brasil en el Maracanazo del ’50, el del 2-1 celeste.

¿Cómo está Roberto, cómo está su amigo? “Está fuera de peligro, está mejor ya”, nos respondió refiriéndose a Daniel Mutio. “Bueno, querés conversar, vamos”. Elige la terraza del Sheraton San Cristóbal, a quince metros de la piscina -en la mismísima mesa que Claudio Borghi, el DT de Boca Juniors, atendió a esta Casa del Deporte-, para entregar su verdad y derribar mitos y leyendas de una tragedia que con los años suma ficción, como pasa con casos de eco mundial. ¿Qué tenés para el hambre, che?, le pregunta fuerte, “a lo rioplatense”, a una muchacha de ébano, de aspecto tropical y brillante, que se acerca a nosotros.
-¿Usted se llama Jorge Roberto o Roberto, sin segundo nombre? Hay quienes le llaman Jorge Roberto.
-No, Roberto Jorge soy yo y mis apellidos, Canessa Urta.
-¿Nació en Montevideo?
-Sí, el 17 de enero de 1953… ¿Me preguntás por mi familia? Bueno, Mercedes es mi madre y Juan Carlos mi padre. Él murió hace poco, ahora en 2010, tenía 84 años. Mis hermanos son Adriana, Juan Carlos y Juan Francisco. Mi mujer es Laura Surraco, sí, hermana de Cecilia… ¡Y cómo sabés que son hermanas!  Bueno, ella es esposa de Roy Harley, uno de los que salió vivo de la cordillera el ’72. Y mis hijos son Hilario, con H (34 años), Roberto Martín (28), que vino ahora con nosotros, y Laura Inés (25).
-¿Qué pasó con el avión el viernes 13 de octubre de 1972? ¿A qué hora, dónde se precipitó y por qué se siniestró?
-A las 15, a esa hora caímos… Habíamos salido de Montevideo el 12 de octubre, hicimos una escala en Mendoza porque había mal clima y pasamos ahí la noche. Al día siguiente el mal tiempo persistía y el piloto decidió atravesar la Cordillera de Los Andes más al sur de Santiago, entre Malargüe (Mendoza), por el lado argentino, y Curicó. Cuando aún estábamos en plena cordillera, el piloto comenzó a descender entre las nubes creyendo que estábamos llegando a Santiago… Y después nos estrellamos y caímos en Las Leñas, cerca de San Fernando.
-¿Esa zona está en el Valle de Las Lágrimas, en el Cajón del Sosneado, VI Región?
-En Los Altos de San Hilario está (su hijo mayor, nacido en 1976, cuatro años después de la catástrofe, se llama Hilario).
Roberto, que vuelve lesionado desde la clínica, donde acompañó a Daniel Mutio, nos aclara que “yo sufrí un desgarro en la pierna izquierda y una doble fractura en un dedo de la mano derecha… Lo tenía como una Z y que “a ‘Peti’ le revirtieron un infarto, le abortaron uno en desarrollo”.
-Volviendo a la tragedia, Roberto, ¿cómo cayó el avión, a usted qué le pasó?
-La cola chocó con el pico de dos riscos y yo volé, choqué con el asiento de adelante y me pegué en un ojo (señala su ojo derecho) que se me hinchó y además quedé un poco aturdido.
-¿Hubo personas que murieron inmediatamente en la colisión?
-Sí, ocho murieron, entre ellos las cinco de la tripulación… Quince días después, un alud sepultó restos del fuselaje del avión, donde nos protegíamos del frío, y murieron asfixiadas ocho personas más.
-Supimos por su cuñada, con la que hablamos en la cancha de Old Boys, que de los 16 sobrevivientes sólo cinco eran rugbistas.
-Sí, así es, cinco… Harley, (Fernando) Parrado, Zerbino y (Antonio) Vizintín. Ahora vinimos tres, Harley, Zerbino y yo, además de Álvaro Mangino que no era jugador.
-¿Hubo algún momento en que bajaron los brazos, podían dormir, doctor? ¿Usted cree en Dios…?
-No, nunca bajamos los brazos y sí dormíamos, si a veces nos sentíamos muy cansados… Y sí, siempre he sido religioso, no fanático.
-Dentro de los llantos, el pánico, la desesperanza, ¿es cierto que comieron carne humana para evitar morir de inanición y que practicaron la antropofagia con los cuerpos de sus compatriotas fallecidos?
-Sí, comimos carne si el hambre era bárbara. Si no lo hacíamos, nos moríamos… A veces la comimos cruda porque la nieve mantenía la carne fresca y en otras ocasiones, la comimos cocida con el fuego que lográbamos prender… Imagináte, tantos días sin comer, con frío, perdidos, nadie sabía de nosotros. Nos buscaban y no nos encontraban. Con la práctica de la antropofagia o canibalismo, como también le llaman, pudimos vivir y superar la inanición. Y sí, fuimos antropófagos como decís vos.
-Usted es médico, Roberto, ¿cuándo se muere de inanición? Inanición y antropofagia son términos que algunos de nuestros niños deportistas desconocen.
-Cuando no tenés suficientes nutrientes, cuando el cuerpo no tiene las proteínas que requiere el organismo y estás muy débil por carecer de alimentos, te morís… 19 años tenía yo el ‘72, estaba en segundo año de medicina, algo sabía para ayudar a mis amigos. Ahora soy cardiólogo infantil. Y la antropofagia, para que sepan tus lectores -algo que no todo el mundo sabe-, es comer carne de un ser humano… Fue algo muy difícil, no teníamos otro amparo.

El Doctor Canessa, residente del acomodado barrio Carrasco de Montevideo, se refiere a las visitas que él y sus camaradas de siempre han efectuado a las zonas de nuestro país sacudidas este año: “Para el terremoto, vine a apoyar a la gente de Pichilemu, cerca de Vichuquén (VI y VII regiones); esa gente estaba muy desanimada. Y al norte, a ver a los 33 mineros, vinieron ‘Cochi’ (José Luis) Inciarte, Ramón Sabella, Pedro Algorta y Zerbino, todos ellos del grupo de los 16 que sobrevivieron”. Y bromeando nos dice que “cómo no voy a ubicar a Elías Figueroa, claro que lo vi jugar, lástima que era de Peñarol, si yo soy de Nacional… Gran jugador Figueroa, no hay nada más que decir” (un uruguayo radicado en Chile hace muchos años, “Rinso” Veira Rojo, sentencia que “el fútbol en Uruguay es una religión”, por eso surge reiterado el tema) y agrega este señorial entrevistado que “juego tenis tres veces por semana e incluso tuve el gusto de jugar fútbol con Diego Forlán y su padre, Pablo, que también fue seleccionado uruguayo. Jugamos en el Lawn Tennis de Carrasco. Yo jugaba de “9″. Gran persona es Diego, muy humilde”. No está de más apuntar que Roberto es “bolsilludo”, apodo que reciben los hinchas de Nacional de Montevideo, ganador de tres Copas Libertadores y de igual número de Copas Intercontinentales, y que las de 1971 fueron obtenidas con Ignacio Prieto Urrejola en sus filas, alzándose “Nacho” como el primer futbolista chileno campeón de la Libertadores y en el único de la Intercontinental. Cuestión que nos lo dijo Zerbino en Peñalolén, casi sin citarle el mérito del entrenador, en Colo Colo 1994, de Gabriel “Coca” Mendoza Ibarra, carrilero de excepcional despliegue y potencia, que hoy dirige las Escuelas de Fútbol de esta Casa del Deporte. Zerbino, además, contratado por el DT Óscar Tabárez, dio charlas de motivación a su Selección que en el Mundial de Sudáfrica logró el cuarto lugar, renovando decadentes laureles.

-Continuemos Roberto. Cuando llegó diciembre con su sol, Fernando Parrado, Antonio Vizintín y usted decidieron caminar en busca de la hazaña, del milagro, de la inmortalidad. ¿Cuántos días caminaron hasta hallar al arriero Sergio Catalán Martínez y dónde realmente vieron a ese hombre montando un caballo? ¿Por qué sólo se aventuraron tres, qué pasó con el resto?
-Diez días caminamos y lo único que sabíamos es que Chile estaba para el oeste (indica hacia el mar con una mano, hacia Viña del Mar quizá)… Estábamos a sesenta kilómetros del oeste y nadie quería venir, nadie más se animó, ni siquiera Zerbino que ya había intentado una salvación. Vizintín al tercer día no pudo más, si se lesionó… Y en Los Maitenes vimos a Sergio.
-¿Don Sergio, creo, andaba con dos o tres personas más?
-Sí, con los hijos, con el “Checho” y el “Cucho”.
-¿Qué pasó en ese momento inolvidable para usted, Roberto, cómo nació la ayuda después de esa travesía llena de aguante y de un insuperable instinto de supervivencia?
-Nos separaba un río, el Río del Azufre, y como no nos escuchábamos bien por el ruido, Parrado le arrojó (a Catalán) un papel amarrado a una piedra con un mensaje que decía “vengo de un avión que cayó en la cordillera, tengo catorce amigos perdidos y heridos arriba, dónde estamos, soy uruguayo”. Eso escribió Parrado… ¿De dónde sacamos el lápiz con el que escribió Parrado, me preguntás? Hay mitos, me contás que Cecilia, mi cuñada, esposa de Harley, te dijo que fue con un lápiz labial que estaba en una cartera… No, el lápiz lo lanzó Catalán.
-¿Dónde se produjo el rescate definitivo?
-En Puente Negro, San Fernando. Ahí Sergio avisó a la policía (Carabineros) y comenzó el rescate… Dos helicópteros fueron a buscar a los catorce que estaban en la cordillera y a nosotros. Sí, era el 22 de diciembre, 72 días después de la caída.
-¿Cómo está Parrado, el otro héroe? ¿Andaban con zapatos de rugby cuando caminaron esos diez días?
-Está bien “Nando”, somos vecinos. Juega tenis él también. No pudo venir por estos tres días… No, yo andaba con botas y Parrado andaba con zapatos de rugby, además, recuerdo que él se cubría los botines con una bolsa.
-¿Ve a don Sergio Catalán?
-Lo vi el año pasado en su casa, en San Fernando, en Los Baños. Está muy bien, tiene 83 años.
-¿Han ayudado económicamente a don Sergio? ¿Le molesta que le pregunte esto, Roberto?
-Sí, lo hemos ayudado, a sus hijos en los estudios… No me gusta decirlo, ¡suena humillante! Es un hombre de trabajo. Virginia Toro, su señora, educó a sus hijos con gran esfuerzo, son ocho… La “Quica”, Mabel, las mellizas, “Cucho”, “Checho”…
-El miércoles 6 de junio de 1973, en el estadio Centenario de Montevideo, don Sergio recibió su primer homenaje por el hallazgo que conmovió al mundo. Ese día, Colo Colo, el primer chileno que disputó la final de la Copa Libertadores, animó el tercer juego decisivo con Independiente de Argentina. ¿Qué imágenes atesora de esa noche, Roberto?
-“Bota a bota la pelota” decían los hinchas y pobres los del equipo chileno y Sergio, porque él es de Colo Colo y perdieron… Pobres, perdieron esa final 2-1 con un gol argentino a los 107 minutos, en el alargue. Definieron en Montevideo porque acá y en Buenos Aires empataron.
-Para usted, ¿qué significa ese suceso, esa vivencia imborrable? Ustedes no fueron ayudados por nadie, nadie supo de ustedes durante los dos meses y medio que permanecieron desolados en Los Andes.
-Esta historia ha sido muy usada por la gente para darse coraje y fuerza en sus vidas. Yo lo veo como una historia de cumplimiento humano, y si la gente la ha utilizado como ejemplo, está muy bien. Además, se han hecho muchos videos, documentales, películas… La mejor es “Stranded”, véanla, se las recomiendo.
-¿Quedó usted con algún problema anímico, psíquico, vio a algún especialista? ¿Y el tema de viajar en aviones?
-No, y dormí bien, con placer, en mi casa… El ayudar a mis amigos fue una satisfacción enorme para mí y lo de los aviones, claro que me aterrorizaba, me dieron pánico durante dos años. Con mi padre viajé a muchos congresos de cardiología a países que no podía ir en auto… Él también fue cardiólogo. A Chile se puede viajar en automóvil porque está cerca.
Nuevamente “Músculo” hace una pausa en la conversación, esta vez para hablarnos de su ejercicio profesional y de su pasado como rugbista activo. “Ejerzo la medicina en varias partes de Montevideo, principalmente en el Hospital Italiano, ahí está mi oficina central. Y en mi deporte, yo era wing, ‘11’, jugaba en ‘Los Teros’, así le llaman a la Selección Uruguaya de rugby… Somos la segunda potencia en Sudamérica, un poco mejor que los chilenos; Argentina, ‘Los Pumas’, está entre los cinco mejores ‘15’ del mundo. Integré un año -en 1982- la Selección de Sudamérica con jugadores de ‘Los Pumas’ y con un chileno… Claro, de Viña del Mar, Alistair Mc Gregor que jugaba en el MacKay de Viña. Esa Selección fue a jugar contra los ‘Springboks’, la poderosa Selección de Sudáfrica, dos veces campeona del mundo”, manifiesta y rememora uno de los dos colosos de una odisea de película, que con un valor sobrenatural escapó del abismo.
-Roberto ¿Conoce Viña, la CIUDAD DEL DEPORTE?
-Cómo no, si es muy linda, tiene un festival conocido en toda Sudamérica. Es muy conocida por los pelícanos también… No, no, cómo se llaman… ¡Gaviotas, eso es! También conocemos el Parlamento, Zapallar… Es una zona muy linda, se sabe que Viña es una gran ciudad. Les agradezco a Viña y a ustedes por visitarme, siempre acá me han dado mucho respeto. Sigan haciendo deporte, es muy importante, sano… Vamos a mirar la entrevista, nos avisás.

Ya finaliza un diálogo enriquecedor, del que supimos de primerísima fuente la autenticidad de un episodio que impactó al planeta y que tuvo como protagonistas a unos jóvenes atletas, rugbistas, que derrotaron la hostilidad de un collado temible, de una colina impenetrable. La historia de una hazaña, proeza, de una gesta sin parangón. Su héroe, el célebre Doctor Canessa, después de ofrecer 45 minutos a la CASA DEL DEPORTE de Viña del Mar, se va a cambiar, a ponerse “saco” (vestón) y corbata para asistir con Laura, su mujer, su hijo Roberto y con la delegación del Old Christians, que tanto lo respeta e idolatra, a la cena que el Old Boys les cede cada año. En octubre de 2011, el equipo de Peñalolén va a Montevideo: un año en la capital uruguaya y otro en Santiago, conmemoran el “Milagro de Los Andes”. El hombre, perdón, el indiscutido superhombre que vio el infierno el 13 de octubre de 1972 y que, con una fuerza mental impropia para un “botija” (muchacho en su país) de 19 años, salió de él 72 días después, el 22 de diciembre, agradece nuestra visita. Lo contrario, doctor. Nosotros agradecemos. No es habitual entrevistar a una celebridad de su estirpe, de su laya, de su CA-TE-GO-RÍA. Usted lideró, alentó e ideó soluciones para que una montaña no los apagara, además de ostentar en su pequeña gigante nación deportiva un record de trys (cruzar la línea de gol) que permaneció inalterable por más de treinta años. Usted, que llevó la batuta, fabricó botas, guantes y frazadas con los cojines y forros de los asientos del funesto avión, dijo en momentos de máxima premura: “Estamos vivos, no podemos sucumbir, somos muy jóvenes, queremos seguir viviendo”. Viva doctor, ahora con su cabellera corta y su rostro rasurado. Corra a disfrutar, a reír, a recuperar 72 días fatigosos con su familia, compañeros y junto a los anfitriones del Club Old Boys. Ría, festeje y viva en paz como hoy lo hacen sus quince compatriotas, nuestros 33 mineros y como lo hacen allá arriba, seguro, Julio Martínez (“JM”), periodista que en el cielo escribió y comentó el desplome de “Peti” Mutio, y sus 29 connacionales. 16 uruguayos viven, ¡Canessa vive!
Por Mario Ramírez Escudero.

 

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